A continuación comparto un artículo (crítica literaria) escrito por mí sobre el magnífico libro de poesía Todas las sombras (editorial etc, El Toro Celeste, 2024), de Inés Montes. Ha sido publicado en las webs de la Biblioteca de Escritores Andaluces (BECA) y de la Asociación Colegial de Escritores de España-Sección de Andalucía.
ACERCA DE TODAS LAS SOMBRAS, DE INÉS MONTES
Inés Montes es una poeta y
narradora nacida en Málaga, licenciada en Filología Hispánica y especializada además
en Teoría de la Literatura y Literaturas Comparadas. Ha publicado cinco libros
de poesía y ha recibido diversos premios literarios. En narrativa su libro de
relatos De repente, siempre es tarde
obtuvo en 2021 el Premio Andalucía de la Crítica, lo cual avala la altura
literaria de su escritura. Otras de sus grandes vocaciones creativas es la
fotografía, habiendo publicado trabajos gráficos en las revistas de ámbito
nacional Puerta Oscura y Bulevar.
Todas
las sombras es el último libro de poesía de Inés Montes
(editorial etc El Toro Celeste, 2024). Ya desde el título observamos el eje axial
del poemario que no es otro que las sombras o, lo que es lo mismo, aquello que
estas representan; es decir, lo oscuro, lo apesadumbrado que habita en el ser
humano. Pero, además, el determinante ‘todas’ no deja lugar a cualquier
resquicio porque las sombras constituyen para ella un conjunto de emociones
que, aun teniendo orígenes diversos, comparten aquí una misma raíz, un idéntico
espacio de desarraigo en el que el sujeto poético se siente extranjero en su
propio devenir al que contempla desde la atalaya del tiempo presente y desde el
desahucio sentido del tiempo pasado. La idea de totalidad, de lo absoluto,
referida a las sombras se expresa así desde el título como pórtico de lo que a
continuación desarrolla en los poemas.
Sin embargo, he de
adelantar que esa oscuridad sublimada mediante la palabra poética constituye el
reverso de la luz o belleza natural y satisfecha inherente a la vida. Porque en
este libro el sujeto poético desarrolla en el fondo una búsqueda de la pulsión
vital con toda intensidad desde el lugar emocional inhóspito en el que se
halla.
En términos generales,
podemos decir que toda obra poética es fruto de una intencionalidad
comunicativa determinada que varía según el autor/a y el libro de que se
trate. Podemos distinguir una poesía con
una clara función expresiva que, mediante un lenguaje específico, manifiesta
los sentimientos y pensamientos del poeta, bien sean de amor o de desamor, de
gozo vivido en una etapa temporal concreta o de desaliento por el paso del
tiempo, de angustia vital o de esperanza, etc. Recordemos, por ejemplo, la
hondísima «Elegía a Ramón Sijé», de Miguel Hernández, en la que no cabe en los
versos ninguna otra interpretación emocional que aquello que se dice.
O bien podemos citar igualmente
la poesía comprometida que pone el énfasis en la instrumentalización de la
misma como medio de denuncia de injusticias sociales o de falta de libertad (por
ejemplo, en Ángela Figuera Aymerich, Celaya, Blas de Otero, etc), en ocasiones otorgando
mayor relevancia a los mensajes transmitidos que a su complejidad formal a
través de poemas perfectamente inteligibles para la mayoría de los lectores.
Asimismo, a lo largo de la historia de la literatura, se han escrito y se
escriben poemas, por ejemplo, con un único fin estético como exhibición de un
virtuosismo formal. Las variantes son diversas.
Entre las distintas
maneras de concebir el poema a menudo nos encontramos con obras que, eludiendo
lo anecdótico, indagan sobre las emociones o sobre la existencia o algún
aspecto de la misma a través de los versos, con frecuencia catárticos y
reveladores para el autor. Desde esta óptica el poeta realiza la búsqueda de sí
mismo impelido por la necesidad de entender y de entenderse. Se trata de un
proceso dirigido al descubrimiento personal y/o de la realidad, de autognosis y
de necesidad de revelación de la verdad. Es dentro de esta perspectiva en la
que se encuadra Todas las sombras. El
camino indagatorio recorrido por Inés Montes en este libro a través del juego
entre oscuridad y luz (como significantes y como significados) se sitúa en el
mismo punto de partida que otros poetas, anteriores y presentes. Su poética
entronca en este sentido con autores como Julia Uceda. Un fragmento de «Libertad
de la luz», del libro Campanas de
Sansueña de la poeta hispalense, dice: «No sé: ¿cómo saber quién fui,
quién, ellos, fueron,/sin luz?/Yo, a mí misma,/regresaré por esa luz ̶semilla de una luz
ahora ̶
/restaurando los rostros mordidos por el tiempo,/ordenando la casa que me
habita/ ̶
puesto el mirto en los vasos/en honor de las sombras ancestrales ̶».
Uceda se pregunta para conocer
acerca de la identidad aludiendo a un pasado ancestral oscuro en contraposición
a un presente que es «luz ahora». Inés Montes parte de la oscuridad en
la que el sujeto lírico se encuentra y, entre otros aspectos, rememora el
pasado iluminado y gozoso. Dos sentidos aparentemente opuestos, pero de raíz
similar porque las dos autoras centran su poesía en una búsqueda.
Todas
las sombras se estructura en cuatro partes. La primera
de ellas está constituida por una prosa poética que tiene un carácter
introductorio, las dos partes centrales las conforman poemas escritos en verso
libre y en la cuarta y última encontramos diez textos igualmente en prosa poética.
El prólogo pertenece a Alicia Aza, destacada poeta de la literatura actual de
nuestro país, cuyas dos últimas obras (a fecha de hoy) han sido objeto de mi análisis.
Concluye esta edición con una interesante entrevista que el escritor gaditano
Manuel Francisco Reina le hace a la autora en torno a este poemario y a su
manera de concebir la escritura, así como sobre su relación con el mundo
literario.
Como afirma la
prologuista, en el libro Inés Montes «Habla de soledad, una soledad que le
abruma y que barniza todos los versos, aunque sea en su superficie». Por ello, en
palabras muy certeras de Alicia Aza, «lo que queda del ahora es la orfandad
frente al otro». Es, por tanto, la soledad del sujeto poético pilar fundamental
del libro. Pero no se trata de un sentimiento de aislamiento per se, sino que este es el resultado de
unas vivencias y de una percepción concreta de la autora sobre el paso del
tiempo y sobre el mundo exterior, displicente y desabrido.
Resulta paradójico que en
las sociedades en las que vivimos los seres humanos estemos más interconectados
que nunca mediante los teléfonos móviles, redes sociales, autovías y
autopistas, así como medios de transporte más rápidos y directos que en otras épocas,
y, sin embargo, mucha gente vive en una soledad interior sostenida y solapada.
Intercambiamos mensajes a través de wasaps
y de correos electrónicos en los que con frecuencia interpretamos erróneamente
la intención comunicativa del emisor y en los que no podemos percibir los
gestos, las expresiones, el lenguaje corporal de nuestro interlocutor; a lo que
hay que sumar el hecho de que las redes sociales ofrecen continuamente perfiles
concretos de los que interactúan proyectando a menudo una imagen ilusoria y
distorsionada de algunos/as. Un mundo de encuentros fugaces en donde se hace
muy complicado el acercamiento personal y humano. Se trata de espacios
virtuales que construyen muros invisibles y que son propios de esta era digital
con agendas apretadas de anotaciones y diariamente incumplidas. Es por ello que
esa soledad que recorre los versos de Inés Montes no solo es la que incide en
el sujeto poético sino que, además, forma parte de un rasgo propio de las
sociedades modernas actuales, convirtiéndose así la autora en poeta de su tiempo,
de la historia a la que pertenece.
Por otra parte, el
transcurrir del tiempo está presente en todo el libro y se percibe el pasado
como tiempo perdido y no recuperable. Así, en el poema «Gran Vía, 27» la autora
rememora la niñez, con su alegría y su pureza, con la candidez de esos años no
contaminada ni atrapada en los vericuetos que encontramos en la edad adulta. En
este poema el recuerdo está contextualizado en una ciudad concreta (Granada)
por cuyas calles y plazas caminaba ella en su infancia y en donde «El rumor de
sus fuentes/te recuerda/que hay un tiempo/de inocencia/que flota en el aire».
La alusión a la sonoridad del agua y la presencia de las fuentes vinculadas al
paso del tiempo contienen aquí resonancias machadianas que aparecen en otras
composiciones como en el bello poema «Tardes grises», cuyo título ya conecta
con la simbología empleada por Machado para expresar tristeza, abatimiento.
En otros poemas se acentúa
la nostalgia de la juventud, pero también de las pérdidas, como la de la madre
de la autora en el titulado «Ausencia», donde se expresa la añoranza de su
presencia y de sus manifestaciones de cariño. «Un gran viento se ha
levantado/entre tu espalda y la mía», comienza diciendo. El viento es un
vocablo reiterado a lo largo del libro. Simboliza lo que separa, lo que crea
distancia, a menudo con violencia, como lo hace el paso del tiempo o la muerte,
porque la muerte siempre es violenta.
El transcurso del tiempo se
presenta también bajo el tono desgarrado que marca la intensidad de buena parte
de este poemario. Se trata de un tiempo indolente que cierra «puertas» y da
lugar a la pérdida de otras personas («con tus adioses inapelables», dice en el
poema «Lo que queda del ahora»). En esta última composición el sujeto poético
se dirige a aquel con una continua personificación del mismo percibiéndolo vil
y sin compasión («Nada supe nunca/de tus mezquinos ojos/que no otorgan tregua/a
la vida transcurrida»). El tiempo es despiadado y le provoca sufrimiento («Sonríes
al triunfo/del salvaje artilugio/de la muerte/como un mercenario/recibiendo su
paga») y también vacío («por qué has precipitado/este vacío otorgándome/tantas
ausencias»). Y, sin embargo, frente a él, antepone el hálito de la memoria: «Aunque
vacíes la bolsa/y exhibas tus victorias/siempre habrá un jardín
inexpugnable/cuyas flores centelleen» (obsérvese la belleza lírica de los
versos).
Precisamente este último
poema comienza con uno de los temas cruciales del libro cuando dice «Cómo leer
tu silencio, tiempo,/con el sabor de la indiferencia/en esta rueda de espejos
rotos». El silencio, entendido como ausencia de respuestas a preguntas que
quedan en el aire, pero también como carencia de comunicación real entre
personas, percute en las emociones del sujeto poético de manera persistente
constituyendo uno de los detonantes de su soledad. No se produce un auténtico acercamiento
entre los seres humanos si las palabras se quedan en la superficie, son
hipócritas o encierran maldades (“Hay ojos feroces y palabras mudas», expresa
en el poema «No mires a los ojos de la gente»). Y en «Una conversación» la
autora contrapone al «corazón silente» de una segunda persona del singular imaginaria
a la que se dirige, las palabras («Quedan las palabras/que son ríos
infinitos/dándole vida/a la tierra fértil»). Como bien afirma Alicia Aza en el
prólogo, «Siempre tiene muy presente a la Palabra. Las palabras que se dicen,
pero que solo fueron eso, palabras, sin que las mismas vinieran acompañadas de
una verdad tangible».
Todo ello (paso del tiempo
despiadado, pérdidas, ausencias, carencia de verdades tangibles, inexistencia
de comunicación real…) la conduce por un camino de dolor, de oscuridad, en el
que se concentran «todas las sombras» que sobre el sujeto poético gravitan. Por
esta razón en el libro transitan constantemente binomios antitéticos como
oscuridad/luz o noches/días, así como vocablos pertenecientes al campo
semántico de la sombra (oscuridad, noche, tinieblas, sombrío…) y otros
relacionados con la claridad (luz, día, fuego, iluminar…), en una constante pugna
entre el presente oscuro y su reverso (no necesariamente explícito), que no es
otro que la necesidad de hallar esa luz perdida de su camino vital.
Los recursos estilísticos
utilizados por Inés Montes son variados y eficaces, en tanto que conmocionan el
ánimo del lector/a. Oxímoron, anáforas, metáforas, imágenes contundentes, etc.
De todos ellos cabe destacar la antítesis, fundamentalmente entre la oscuridad
y la luz y los vocablos relacionados con ambos términos en un permanente
desencuentro entre lo que existe (las sombras) y lo que no está (la claridad).
Muestra del dominio del
lenguaje poético de Inés Montes es la efectividad expresiva con la que cierra
los poemas, a menudo con magníficos aforismos como: «Aceptas que/cuanto has
perdido/lo perdiste para siempre», «Tu voz se viste de realidad/y lo vence todo»,
«Cuando el viento se duerme/la noche estalla en pétalos de luz», etc.
Por otra parte, la ciudad
constituye escenario preeminente en el que se contextualizan las emociones
expresadas en más de un poema del libro. Pero no es el único. Igualmente aparecen
en los versos espacios relacionados con el mar y se mencionan (con menor
frecuencia) el desierto, las rocas o las montañas. Sin embargo, con alguna
excepción como en el poema «Gran Vía, 27», no se está ante contextos físicos,
sino que se trata de lugares que metaforizan en unos casos o reflejan en otros
las emociones del sujeto poético. La identificación entre el mundo exterior y
el interior de la poeta se produce constantemente.
Estos escenarios imaginarios,
y algunos reales pero con carga simbólica como las montañas del Antitauro
situadas en Turquía, aparecen de manera muy nítida en la cuarta parte de Todas las sombras, denominada «Ángeles
desterrados», que nos trae a la memoria el libro Sobre los ángeles de Rafael Alberti, encuadrado en el movimiento
surrealista de las vanguardias del pasado siglo y que responde a una etapa de
gran crisis personal de su autor en la que todo aquello que había constituido brújula
en su vida de pronto dejó de serlo sintiendo así la pérdida de aquellos mimbres
que un día tuvo valor para él con el consecuente desconcierto y desarraigo interior.
Escribió el poeta gaditano «¿Adónde el Paraíso,/sombra, tú que has
estado?/Pregunta con silencio.//Ciudades sin respuestas,/ríos sin habla,
cumbres/sin ecos, mares mudos» (del poema «Paraíso perdido» del libro citado).
Esta cuarta parte del
poemario que nos ocupa está conformada
por diez textos escritos con una deliciosa prosa poética en la que la autora
baja el tono desgarrado de las partes precedentes para adentrarse en un
lenguaje poético sutil y profundo que aflora con autenticidad expresiva y sin
trabas en su ejecución. En ellos la desazón del sujeto lírico se sitúa en un
plano de menor intensidad para dar paso a un proceso de introspección
indagatorio realizado desde la contemplación, pero también desde la intuición, acerca de los enigmas que encierran la vida y
las emociones, las sombras (todas ellas) y las luces que no son visibles pero
que están o que estuvieron alguna vez. Los seres humanos somos esos ángeles que
se encuentran fuera de nosotros mismos, alejados de un territorio propio del
que hemos sido expulsados por la incapacidad de entender aquello que concierne
al interior de nuestra existencia, a lo ignoto de esta. Mediante imágenes
bellísimas la autora se adentra en sí misma a través de paisajes contemplados
por los que discurre su pensamiento. La vida, la muerte, la soledad, el paso
del tiempo, las sombras, el camino hacia la luz, se presentan bajo el foco de
la observación libre, sin pautas, sin directrices, para así poder extraer las
respuestas que las emociones a priori no descubren, ajenas al encorsetamiento
de la racionalidad. El lenguaje poético se convierte de esta forma en mecanismo
cómplice de la poeta dirigido a la comprensión desde la emoción a través de la
emoción.
En Todas las sombras encontramos versos de gran calidad literaria con
un claro dominio del lenguaje poético por parte de su autora que no se refugia
en los resquicios del signo ni en los disimulos para expresar aquello que desea
decir. Y es que la autenticidad de Inés Montes (la poeta, la persona) la empuja
a buscar la verdad en los demás, la palabra sincera, esa que recorre con
frecuencia los versos de este magnífico poemario; pero también la verdad acerca
de la existencia y de lo enigmático que esta y el paso del tiempo encierran. Su
soledad, la suya propia que en definitiva es la de todos, es oscuridad y
desgarro, pesadumbre y dolor; y, al mismo tiempo, constituye el punto de
partida de un anhelo pendiente de diseccionar para convertirlo después en
realidad porque, como expresa el director de cine Wim Wenders en la cita que
antecede a la última parte de este espléndido libro, «Hoy, en la noche
profunda,/empezará la primavera».
